¡Que solos se quedan los muertos!
Por Oscar Molina
“Despertaba el día, y, a su albor primero, con sus mil ruidos despertaba el pueblo. Ante aquel contraste de vida y misterio, de luz y tinieblas, yo pensé un momento: ¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos! “ RIMA LXXIII (Gustavo Adolfo Bécquer)
Sí. Qué solos se quedan los muertos cuando desde donde nos miran comprenden que se acabaron aquellos tiempos en los que supimos resistir. ¡Qué solos!
Qué solos. Aunque sean tantos.
Qué terrible soledad la que trae un viento helado y silbante, cantarín del requiem por una Nación, epitafios por la dignidad y velatorios por el decoro.
Qué extenso yermo de tristeza el de los muertos ¡qué solos! desde el día en que alguien decidió que la sangre derramada, las lágrimas de las viudas y la orfandad de los niños tenían valor contable. Que podían pasar del estado intangible que hacen preciosas y preciadas a las cosas que anidan en el alma, a la condición maldita de dígitos, mayorías parlamentarias, cálculos y posibilismos. ¡Qué soledad Dios Mío, qué soledad!
Qué solos. Aunque sean tantos.
Qué solos se quedan los muertos cuando les asalta la pena de adivinar que los llantos que hoy vierten sus deudos ya no son sólo por ellos, sino por la humillación que provoca que les hayan dejado solos quienes nunca debieron abandonarlos. ¡Qué pena Dios Mío! Pena de muerto, la de estos muertos tan solos.
Qué pena tan amarga, que pena tan ácida, que pena tan repugnante la de estos muertos tan solos. Más solos que nunca una tarde en la que oyeron hablar de razones humanitarias a quien no hace tanto, cuando algunos de ellos vivían y estaban menos solos, fue el portavoz de los diestros en cal viva. Qué asco de pena oír la voz que representaba a quienes se pusieron la Ley por montera hablar ahora de razones legales para dejar a estos muertos tan solos. ¡Qué asco Dios Mío, qué asco!
Qué solos. Aunque sean tantos.
Porque solos se quedan, solos, estos muertos cuando uno sus verdugos es capaz de humillar al Estado por el que ellos murieron. Cuando una rata de la alcantarilla más marrana se las apaña para poner de rodillas la convivencia y la Paz por la que nos los mataron. Cuando alguien, más pendiente de sus cuentas que de la cuenta que a todos nos trae su desvarío, convierte en ídolo a un montón de mierda al que no le alcanza siquiera para limpiar la mugre que puebla su alma de hiena. ¡Qué solos les has dejado José Luis! ¡Qué solos!
Tan solos que si pudieran, alzarían su puño iracundo para decirte que se están quedando solos. Se elevarían de un lecho que la indignidad aún no ha sido capaz de violar e irían cortando el aire a explicarte a ti y a unos cuantos que para este viaje no querían alforjas vacías. Que para tanta soledad les habría traído mejor balance ser la ira de los justos que hacer de segunda mejilla. Para contarnos a todos que tanta grandeza no merece soledad pareja, y que aunque ni siquiera el desamparo más grande puede tapar el tesoro de su sacrificio ni la deuda leonina que con ellos tenemos, no podemos dejarlos tan solos.
Qué solos. Aunque sean tantos.
Qué solos empezaron a quedarse el día en que una pila de muertos, como ellos, y ya casi tan solos, otorgó las riendas a quien hoy les ha dejado tan solos. ¡Qué solos Dios Mío, qué solos! Qué solos ante el vacío abierto a sus pies de muertos, el abismo de unas brasas revitalizadas para volver a poner fuego a las hogueras extinguidas. Qué solos si no valoramos que cada palada de tierra que tuvimos que echarles encima podría haberse dado por menos mala si al final hubiera servido para enterrar a quienes no nos quieren ver en Paz. Para hundir en el fango de su ignominia a unos asesinos fanáticos que quieren que estemos todos solos.
Y qué solos algunos vivos, cuando en ellos sienta plaza la maldad infinita o la inabarcable soberbia. Qué solos aunque hoy les aclamen o haya quien les aplauda. Que solos están con su maldad irredenta o su ombligo tanto el que piensa que una idea es motivo suficiente para quitar veinticinco vidas como el que cree que una ambición política es crédito bastante para dejar tan solos a los muertos. ¡Qué solo estás, De Juana! ¡Qué solo estás, Zapatero!
Qué solos se quedarán los muertos si no somos muchos, muchísimos, los que en un arranque sereno, como su soledad y su silencio, pero tan pleno y diáfano como la honra que les debemos, decimos de una vez “basta” a la soledad de estos muertos. Porque estos muertos sí que son héroes, nuestros héroes, y no se pueden quedar solos.
¡Qué pena Dios Santo, cuánto sacrificio en vano, cuánto sufrimiento infecundo, cuánto llanto innecesario, cuánta miseria reinante y cuánto egoísmo sobrante, si al final dejamos solos a estos muertos tan solos!.
Oscar Molina www.vistazoalaprensa.com |